Un estudiante de poco más de 20 años recoge un pliego de ocho hojas abandonado en una posada universitaria de Salamanca. Antes de tirarlo siente curiosidad y lo lee. Se trata de un intento de flirteo entre dos jóvenes a hurtadillas: ella lleva carabina. El estudiante, por nombre Fernando de Rojas, decidió continuar aquella historia. Estudiaba Derecho, vivía en casa de rica biblioteca, pero respiraba una atmósfera asfixiante. No había tenido una infancia sencilla: su abuelo y su padre fueron sospechosos de un delito de sangre: se les acusaba de no tener la sangre limpia, de no ser pura. Se referían a que pertenecían a familia judía, o descendían de ella. Acusaban los acérrimos cristianos católicos de la Edad Media. No corría aún el año 1500: las mujeres en edad de merecer no tenían oportunidad de salir solas de casa, siquiera a la iglesia. Los Rojas sufrieron ofensas y denuncias. Cuando Fernando tenía doce años, su padre fue quemado en la hoguera por haberlo considerado falso arrepentido: por ser un judío converso infiel al catolicismo. Algunos años más tarde, ya casado F. de Rojas, fue acusado su suegro de blasfemo (y no creyente) por decir en una conversación amistosa -más arriesgada que un wasap de hoy-: Acá tuviese yo bien, que allá non sé yo si ay nada. Rojas no pudo ni defenderlo, porque él también arrastraba la pesada losa de la desconfianza. En este ambiente receloso, F. de Rojas airea una historia de amor y sexo: una historia de apasionado e irrefrenable amor juvenil. No hay corrillo en Salamanca que no sepa que es el autor de Melibea, el nombre de la amada amante. Pero Rojas quiere ofrecer algo más al lector: oímos directamente a los personajes y apreciamos que casi todos respiran egoísmo y rebeldía. La historia atrapa porque en ella campan por sus respetos personajes con intereses ocultos, que se engañan entre sí y que, al sentirse frustrados, provocan muertes. El retrato es de un realismo asombroso y conmovedor: y de una inaudita y extraña actualidad.